Seguidores

02 septiembre 2017

GLADIATOR.

Cuando vienes al mundo te conviertes en gladiador, ya sabes que ese serĂĄ tu destino; y tu final siempre serĂĄ la muerte, en la arena, a manos de la vida misma.
Los lanistas o entrenadores, (papĂĄ y mamĂĄ) te van enseñando dĂ­a a dĂ­a, hora a hora, cĂłmo comportarte en esa arena; te equipan con un escudo para que te protejas de los ataques de otros como tĂș, que tendrĂĄs muchos en tu corta o larga vida de luchador; te surten de un casco que guarde todas las enseñanzas a las que eres sometido en tu perĂ­odo de entrenamiento; tambiĂ©n te proveen de  una visera para que no te deslumbren las mentiras, necedades y parafernalia de los que se enfrenten a tu persona; te suministran una red con mĂĄs de una misiĂłn: pararte las grandes caĂ­das y atraer hacia ti a las personas con las que te sientas bien. Te inculcan, que hasta que el de arriba no ponga el pulgar hacia abajo, no todo estarĂĄ perdido, y te tienes que volver a levantar. Y por Ășltimo, te arman con un gladium afilado con inteligencia, versatilidad, honestidad, reflejos, y el don de la palabra, para que te defiendas de todo y de todos.
HabrĂĄ un momento, en el que tus lanistas decidan, o tĂș mismo tomes la iniciativa, en el que saltarĂĄs a la arena para enfrentarte solo a la lucha, en este circo que es la vida.
Pero, hay una mĂĄxima desde los tiempos de la Roma Imperial, de la Roma de los CĂ©sares, de la Roma de SĂ©neca, RĂłmulo y Remo, que siempre deberĂĄs tener presente; esa que le inculcaban los lanistas a sus pupilos y que no nos convendrĂ­a olvidar cuando estemos en el  coso:

“Todo gladiador toma sus consejos en la mima arena”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario