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08 agosto 2022

LAS ETIQUETAS.

¿CuĂĄntas veces hemos oĂ­do hablar de la gente casi sin conocerla?
Calentona, subnormal, aprovechado, trĂĄpala, majareta "perdĂ­o", medio tonto, poco hombre, seria, cachondo, frĂ­gida, estrecha, golfo, buena gente, generoso, tiquismiquis, sieso; en fin, una cantidad ingente de etiquetas que colocamos a la gente, sin habernos comido un arroba de sal con ella.
Aparte de los gustos sexuales de cada uno, hay muchos vericuetos en la vida de cada persona, y un sinfĂ­n de circunstancias en la existencia de cada ser que normalmente desconocemos a la hora de colocar una etiqueta.
Etiquetar es muy fĂĄcil, des-etiquetar , yo dirĂ­a que es casi imposible.
Cuando etiquetamos a una persona, la estamos condenando a llevar colgado el San Benito de por vida; y lo peor de todo es que cada vez que vayamos a tener alguna relaciĂłn con ella diremos: ¡Bah, ese es tal, o esa es cual! Sin comernos, como dije antes, mĂ­nimo, una arroba de sal con el o ella.
Las etiquetas, que algĂșn o alguna hija puta ha puesto, hace que todo el mundo que te conozca prejuzgue de ti, y por ende, que prejuzgues a la gente.
Y pongo un ejemplo:
Una persona que le gustan las bromas, que disfruta riéndose de todo, incluso de las cosas que le pasan a ella misma, automåticamente se le coloca una etiqueta, la que prefiråis, mås dura o menos dura.
Eso influye en el trato de los demĂĄs hacia esa persona; los demĂĄs, que desconocen abiertamente su personalidad, y que por tanto, no tienen capacidad para valorarla; la tratan de insustancial, de baladĂ­, de trivial, de fĂștil, desconociendo abiertamente la capacidad y los sentimientos de la persona en cuestiĂłn.
Incluso te etiquetan personas que conviven contigo una cantidad de años, tu pareja, tus hijos, tus padres...
Las etiquetas son para la ropa, y ya ni eso, estĂĄn casi todas tergiversadas y la mayorĂ­a mienten.




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